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Breaking Bad: Analisis de la Temporada 5 (Parte II)

OCHO LINGOTES DE ORO AZUL

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Se acabó lo que se daba. Punto y final a las andanzas de Walter White y Jesse Pinkman en Nuevo México. En Albuquerque. En el negocio de la metanfetamina. En el camino a un imperio. En AMC. Nos han quitado nuestros lunes de emoción, de sufrimiento, de lágrimas, de risas (maldito Saul…), de desear que cada episodio dure un minuto más, solo un segundo más de sustancia azul en nuestros televisores/ordenadores. No veremos más aventuras de los Quijote y Sancho del Siglo XXI. Y no por falta de audiencia o de demanda precisamente. Sino porque Vince Gilligan, Peter Gould, Michelle MacLaren, George Mastras y cía han sabido cuando cortar, de manera que Breaking Bad será recordada como la original serie que abarcó cinco maravillosas y adictivas temporadas en lugar de ocho o nueve estiradas y acomodadas (no quiero mirar a ninguna serie en concreto…). Sin duda, uno de los mayores aciertos de la serie de AMC, que a punto estuvo de ser de HBO, FX o alguna otra, es ser consciente de si misma, de su tempo interno. Como le dijo Walt a Skyler en 4×12:End Times, “no hay que prolongar lo inevitable”. Y es que Breaking Bad nació con fecha de caducidad, al igual que su protagonista, aquejado de un cáncer de pulmón inoperable. Esta regresiva cuenta atrás que siempre ha pululado por la serie como una bala perdida en la oscuridad, donde cualquiera puede ser su destinatario, ha sido clave a la hora de construir cada episodio de forma que esa sensación de premura y ocaso impregnase cada fotograma. Breaking Bad se despide en lo más alto de su popularidad, batiendo records de audiencia y convertida en una auténtica tendencia mundial. Solo hay que rememorar la locura diaria vivida en Twitter o Facebook ante la salida de un nuevo póster, una frase promocional, un anuncio o un tweet de Aaron Paul (cuanto ha colaborado su actitud en las redes sociales para crear el inmenso hype que rodeaba a todo lo relacionado con la serie). La relación de amor entre los espectadores y Breaking Bad ha sido recíproca, tal vez la mayor dosis de intercambio en la historia de la televisión. Cierto que Lost fue un fenómeno estratosférico, pero al final quedo claro que su público le concedió bastante más a la serie que la propia serie a sus fans.

Sin embargo, la serie protagonizada por Bryan Cranston entregaba obras maestras cada siete días y sus seguidores le devolvían el regalo con un entusiasmo demencial (incluido servidor), casi religioso, conscientes de que sería difícil que otro show televisivo les diese tanto por tan poco (es cierto que en EEUU es una serie de pago pero en el resto del planeta ya sabemos como funcionan estas cosas…). El programa nos suministraba lo que demandábamos, pues todos deseábamos escenas donde la tensión nos hiciera llorar, emocionarnos ante muertes anunciadas y contemplar indefensos como todo se destruye lentamente, de forma que lo único que pare tanta locura sea la muerte del mayor icono televisivo de nuestro tiempo. Pero Breaking Bad se ha caracterizado por poner a prueba a sus fieles, sobre todo moral y éticamente, demostrando que los límites son para los cobardes y para las cadenas en abierto, esas que ruegan por más espectadores a costa de dulcificar sus tramas. La única serie equiparable en este sentido es The Wire, que apalea continuamente el sistema de valores de la enferma sociedad para llegar a la conclusión de que, en el mundo real, el malo gana infinitamente más que el héroe que Hollywood se empeña en vendernos. No hay vencedores ni vencidos reales, solo un constante e inabarcable toma y daca entre aquello que denominamos conservadoramente el bien y el mal, en nuestro afán por separar ambos conceptos. Porque si en algo se empeñan en demostrar las creaciones de AMC y HBO es que no existe en realidad tal dicotomía. Todo forma parte de un enorme y molesto gris donde nos movemos en nuestro día a día, sacando a relucir a nuestro Heisenberg en situaciones donde ser Walter White no basta. Esto es lo que hay. Si te gusta, lo disfrutarás y sufrirás a partes iguales. Si eres de los que no quiere saber de que pasta estás hecho, de los que se conforma con conocerse de manera básica y arquetípica, de evitar situaciones límite…aléjate de estas dos series. Y de The Sopranos. Y de The Shield. Y de House of Cards (UK). Siempre habrá alguna reposición de CSI a mano que te haga sentir seguro del mundo en el que vives y, sobre todo, de tu propia (y no puesta a prueba) humanidad.

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La primera parte de la quinta temporada de Breaking Bad nos permitió contemplar a Heisenberg en su máximo esplendor, el auge de su imperio del terror, sin oposiciones ni rivales dignos de su inteligencia. Una vez liquidado Gus Fring y sin rastro del Cártel, Heisenberg disfruta de su vía libre siendo como quiere ser, verdaderamente tirano y sin importarle lo más mínimo la repercusión que esto pueda tener sobre su familia. Se siente el jefe, el capo de un negocio que él mismo creó y coronó en tiempo record. Skyler, Marie, Walt Jr. o Hank no son más que fichas de dominó que ir derribando cada cierto tiempo, mientras que Saul, Mike, Jesse, Lydia y Todd funcionan como los perfectos obreros que su enjambre necesita. Quien se salga del patrón establecido, un viaje a Belice (Mike), una amenaza (Saul) o un simple despido laboral (Jesse). Todo iba sobre ruedas. Hasta que Skyler le hizo ver que su montaña de dinero era imposible de blanquear e incluso de gastar en diez vidas. El imperio había tocado hecho. Estaba solo en la cumbre. Un rey con su trono y su corona pero sin nadie con quien disfrutarlo, con riquezas imposibles de comprar nada de valor, pues su ego estaba tan bien alimentado que de vez en cuando necesitaba vomitar lingotes de oro. Eso y el cáncer, claro. El cáncer había vuelto de forma irrevocable, por lo que el retiro cobraba más sentido que nunca. Pero, como he dicho una y otra vez en mis análisis semanales, Breaking Bad es una serie muy cruel y el karma suele ejercer de justiciero enmascarado para colocar a más de uno en su sitio. El pasado siempre vuelve, las acciones arrastran consecuencias durante un largo periodo de tiempo, y el descubrimiento de Hank no pudo suceder de una forma más natural. El saciado orgullo de Heisenberg le jugó una mala pasada a Walt y bajó la guardia, en su creencia de que era indestructible, pues la fecha de su muerte ya estaba marcada. Representativo que dicha temporada comience con un descabellado y arriesgado plan para evitar ser descubierto (“Yeah bitch! Magnets!”) y acabe con la tapadera por los aires por un simple libro en el cuarto de baño. Lo que antes consumía a Heisenberg dejó de interesarle y se acomodó hasta márgenes imprevisibles donde no poseía control alguno.

Por tanto, esta temporada venía marcada por la decisión inicial de Hank y las acciones derivadas de la misma. La dignidad del agente Schrader, uno de los pocos personajes íntegros del relato (al menos hasta la mitad de la última temporada), se sintió violada y manipulada por su propio cuñado, ese que consideraba un perdedor de primera categoría. El juego del gato y el ratón estaba servido. Pero, cuando todo rezumaba ingredientes de thriller (con Heat, Michael Mann, 1995, en el recuerdo), Gilligan y su equipo creativo nos sorprenden con otra temporada a lo western. Y, para más inri, no estiran innecesariamente el conocimiento de la verdadera identidad de Walt por parte de Hank, sino que nos brindan un final de 5×09:Blood Money apoteósico donde ambos se dicen las verdades a la hora. Comienza el duelo, pero sin cortapisas, sin demorar el enfrentamiento a través de charlas morales con Marie (personaje que ha evolucionado de forma sobresaliente en esta última etapa). De hecho, su esposa parece incluso más dolida que el propio Hank ante lo que considera una humillación tanto de su cuñado como de, no olvidemos, su propia hermana. El drama familiar (lo que siempre ha sido Breaking Bad, a pesar de mafiosos y narcotraficantes) hace su última y definitiva parada al enfrentar a los White con los Schrader, ante el desconocimiento de Walt Jr, una vez más usado como comodín narrativo (y con la amenaza del oscuro devenir de Holly presente). Se veía venir desde la primera temporada, no siendo por ello menos emocionante y traumático. La unidad familiar está rota para siempre, ya nada será lo mismo, por lo que estamos ante otro punto de no retorno en la serie, esta vez implicando a más personas además de Walt. La rivalidad casi inconsciente entre ambos personajes se puede estudiar desde los comienzos del show, justo cuando es el propio Hank el que le enseña a Walt las ganancias (y riesgos) de una vida como narcotraficante. Además de significar decisivo en el reencuentro entre el profesor de química y uno de sus alumnos, Jesse Pinkman, lo que cambiará el destino de todos ellos. ¿Es el culpable Hank de la tragedia qué ese simple paseo en coche desencadenó? Evidentemente no. Todo se cocinó en la mente de Walt. Tal vez a otro hombre le hubiera servido presenciar todo aquello para amilanarse, para no ir más allá que un simple pensamiento. Pero Walt va a morir, sabe que ha fracasado en la vida y no quiere seguir siendo una rémora para su familia incluso después de fallecer. Por lo que toma la decisión que nos ha permitido disfrutar de esta excelente serie. Gilligan habla aquí de la capacidad de decisión del individuo sin importarle lo más mínimo el colectivo, más allá de sus seres más allegados. El bienestar de la familia visto como reto personal, más que como preocupación real. Puede verse como una apología del individualismo en una sociedad que no da muchas oportunidades a gente de clase media como él. Estás en ese escalafón de ser agradecido por no pertenecer a la clase baja pero sabiendo que jamás podrás ingresar en la clase alta. La más pura mediocridad. No puedes ir hacia el bien, no puedes ascender. Por lo que solo te queda bajar y ser el rey de los condenados. Solo queda ser malo. Solo queda protagonizar Breaking Bad.

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Esta ha sido la temporada final, donde la caída era inevitable, como en una deliciosa película de gangsters. Gilligan, como buen amante del noir, sabe que después de la subida a los cielos del gangster solo puede caer a los infiernos y/o morir. Walt ha hecho las dos cosas. Pero el bueno de Vince no le ha dado la espalda a lo anteriormente creado y ha sido fiel a la narrativa y al particular sentido de la moralidad y la ética que han hecho única a Breaking Bad. Walter White iba a caer, pero eso no significaba necesariamente que tuviera que protagonizar una redención. Hay muchas maneras de caer, infinitas maneras de simbolizar la derrota del ser humano, a pesar de que, según los ojos críticos de cada uno, pueda incluso ser considerado como una victoria. Este ha sido, para mi, el gran fallo de críticos y articulistas a la hora de opinar sobre el final de la serie. No han tenido en cuenta la naturaleza del personaje, su estado, su pasado ni sus actos. Hablo, por supuesto, de esa corriente que afirma sin ruborizarse que el final del personaje le redime, con un cierto aire despectivo en la utilización del término. No puedo estar más en desacuerdo. En primer lugar, la redención o su simple búsqueda, ha sido el desenlace favorito de los grandes autores de novela negra y de directores/guionistas de las películas protagonizadas por James Cagney, Edward G. Robinson, Paul Muni, Al Pacino o Robert De Niro. Si bien tanto en Force Brute (Jules Dassin, 1947) como en las dos versiones de Scarface (Howard Hawks y Richard Rosson, 1932 y Brian De Palma, 1983) el criminal ejecuta sus acciones hasta el final, sin lugar para el perdón ni la salvación moral de su alma, otras joyas del género negro optaron por el otro camino, el de humanizar en el ocaso a sus protagonistas. Sirvan The Public Enemy (William A. Wellman, 1931), Angels With Dirty Faces (Michael Curtiz, 1938) o The Brothers Rico (Phil Karlson, 1957) como modelos. El respeto a la moralidad, incluso el miedo a la misma y a la percepción que el público pueda tener de ella, siempre ha sido motivo de preocupación por el Gobierno de los Estados Unidos. De ahí que muchas de las grandes películas de la historia del cine negro contengan elementos moralizantes y caigan en un dudoso didactismo, lo que no impide apreciar dichos films por su magistral uso de la narrativa, así como contener actuaciones brillantes de sus protagonistas y realizaciones que marcarían una época.

Al igual que el cine bélico o propagandístico tiende a estar protagonizado por seres indeseables, incluso nazis y fascistas, seríamos injustos si no quisiéramos (o supiéramos) reconocer el arte por el simple hecho de no comulgar con su ideología. La diferencia con Breaking Bad estriba en que, desde sus orígenes, sus guionistas han puesto énfasis en mostrarnos a una persona con la que es fácil empatizar por su condición de víctima del sistema, donde su mundo está completamente patas arriba y sin visos de que pueda mejorar. Gilligan ha utilizado un modelo clásico de “hombre bueno y decente” para mostrarnos como cualquier ser humano encierra en su interior otra cara, otra forma de ver y querer vivir la vida que no es necesariamente buena ni idílica. Es por ello que la división entre Walt y Heisenberg para focalizar el bien y el mal (cosa que yo mismo he hecho cientos de veces) puede no ser la correcta, puesto que una vez que ha acabado el show no somos capaces de discernir cual es el predominante de los dos. ¿Es Walt la careta de Heisenberg o viceversa? ¿Quién es Mr. Lambert? Ante la imposibilidad e inexistencia de una respuesta universal, el origen del mal es totalmente desconocido, por lo que no es rastreable. No es rastreable porque ese mal nació antes de Breaking Bad, antes del piloto, ya estaba instalado en el cuerpo y mente de Mr. White, solo que los golpes de la vida se habían encargado de sacudirlo hasta dejarlo inconsciente. Solo otro palo de la propia vida, como es la aparición del cáncer, hace renacer un carácter agresivo, desafiante y violento que consigue evolucionar a Heisenberg hasta un punto en el que es imposible deshacerse de él sin acabar al mismo tiempo con Walt. Desde entonces, las acciones han sido progresivamente más cínicas, menos justificables, amparadas en un instinto de supervivencia al que no hubiera hecho falta recurrir si Walt, por su propio pie, hubiera decidido abandonar el negocio. Pero el ego aún no estaba suficientemente alimentado. No había tocado techo, aún había enemigos con más pedigrí a los que batir, gente a la que impresionar (su propia esposa, su alumno, personas que no dan crédito ante lo que está sucediendo), un imperio que crear por pura demostración de virilidad, sentir la excitación de disparar un arma, incluso que te apunten a la cabeza. Como le dice Walt a Skyler en 5×16:Felina, “me sentía vivo, era el mejor”. ¿La familia? Una bonita excusa con la que sentirse menos culpable, al menos al final de su etapa. Como dije antes, la utilización de la familia como pretexto para descargar adrenalina esconde un desafío personal entre Walt y Heisenberg. No sabemos cual de los dos ha retado al otro, pero es un objetivo que merece cumplimiento, al igual que hacerse con el imperio de Gus Fring o no ser arrestado por Hank. Walt ha matado, ha destruido vidas, ha arrasado su propia familia y ha llenado EEUU y parte de Europa de metanfetamina.

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Por consiguiente, esa supuesta redención de la que muchos se hacen eco debe ser de proporciones épicas para paliar tanto dolor. Las acciones de Walt en el último episodio son las siguientes. Amenaza de muerte a Gretchen y Elliott para que entreguen el dinero de la droga a su familia. Un dinero que no sabemos si Walt Jr. va a aceptar, una vez que ha dejado clara su sospecha de todo y de todos. Asesina a Lydia con ricino a plena luz del día. Le suelta a Skyler la verdad, que todo lo hizo por si mismo y no por ellos, dejándolos a la altura del betún en ese instante. Los quiere, los ama con locura, eso no lo discute nadie, pero ha puesto por delante su necesidad de aventura al bienestar de su familia, ya que recordemos que los poco más de 700000 dólares que necesitaba inicialmente, son recaudados a los pocos meses. Se pudo haber salido y no lo hizo porque él estaba antes que su familia. Siempre. Conviene no olvidar la cantidad de oportunidades de salirse del negocio de las que Walt ha gozado, antes de que su partida fuese problemática. Sigamos con el recorrido de Walt. Le proporciona a Skyler una ayuda a la hora de negociar con la D.E.A. con las coordenadas donde están enterrados Hank y Gomes, es cierto, pero si lo analizamos fríamente, el último regalo de un marido que se encamina hacia la muerte a su mujer son dos cadáveres podridos en medio del desierto. No es precisamente un ramo de flores. Vemos como se despide de Holly, a la que no podrá ver crecer, y de Walt Jr., a través de una ventana, sin poder siquiera decirle adiós. No veo redención por ningún lado. Por último, acaba con la vida de los nazis pero, en contra de lo que pueda parecer, única y exclusivamente porque se están enriqueciendo con su revolucionaria fórmula de metanfetamina. Vengar a Hank no es más que una consecuencia indirecta de todo ello. Walt va a recuperar su negocio para terminarlo y que se asocie siempre el producto azul a su nombre (no como le ocurrió con Gretchen y Elliott), por lo que era imprescindible acabar tanto con los nazis como con Lydia. Walt acude a la cita con los nazis con la idea de asesinar a Jesse por su asociación con los mismos. Al comprobar que no es más que su cocinero esclavo, decide darle una oportunidad de vivir y se abalanza contra él para evitar que le den las balas de la M60. Walt recibe una bala de la misma como consecuencia de este acto, pero no deja de ser un accidente (muy simbólico, eso si). Sus planes iniciales eran que la policía lo descubriera en el laboratorio de los nazis para seguir agrandando su leyenda en torno a Heisenberg. Le quedaban muy pocos días, de todas formas. Cierto que con ese gesto exculpaba aún más si cabe a Skyler pero conviene recordar que el impulsor de este sangriento final no es el amor hacia su familia ni el miedo a que la D.E.A. encarcele a Skyler, sino la rabia de contemplar como Gretchen y Elliott menospreciaban su trabajo y como la historia se volvía a repetir con Jesse y los nazis. Si no fuera por ese momento televisivo de los Schwartz, Walt hubiera acabado sus días en la cárcel o hubiera muerto en esa gélida cabaña, quedando inconclusos todos los temas mencionados. Por lo que amor, si, pero hasta cierto punto (desde luego no como motor del personaje). Si olvidamos el detonante de todo, podemos pensar en redención, pero estaríamos sesgando una parte importante de la psicología del personaje.

Por lo que, el único gesto que se puede considerar redentor es la salvación en el último segundo de Jesse. Sin embargo, no podemos obviar dos detalles. El primero, que Walt le pide a su ex-socio que le mate, sabiendo que va a morir por el balazo que acaba de recibir. Es evidente que Walt quiere a Jesse pero ni en sus últimos momentos es capaz de ser responsable y evitar que el chaval se pueda ir con las manos limpias (teniendo en cuenta que acaba de estrangular con Todd, claro). Lo salva pero le pide a cambio un asesinato. Y segundo, que la vida de Pinkman está completamente destruida. Walt dejó morir a Jane, envenenó a Brock, eliminó a un Mike que era como un padre para él y le entregó a los nazis, en una acción que trajo como consecuencia la muerte de Andrea (también, evidentemente, por la mala cabeza de Jesse) y su esclavitud a manos de Todd. Podría añadir otras cosas como la muerte de Gale, pero no me gustaría eximir de responsabilidad a una persona adulta, por mucho que las drogas tuvieran un fuerte efecto sobre él. Ambos han sido culpables de actos horribles y eso no lo cambia el paso del tiempo ni justificaciones atropelladas por mucho que Jesse caiga muy bien y haya sido el personaje más torturado de la serie (junto con Hank, en mi opinión). Jesse es libre a causa de Walt finalmente, por lo que, entre tanta oscuridad vemos un rayo de luz. Pero el final de Walt no deja lugar a equívocos sobre el significado de la redención en Breaking Bad. Walt se despide de este mundo en un laboratorio, el lugar donde ha cimentado su leyenda para siempre, donde nació su éxito. Pero en el rostro de Walt no hay arrepentimiento ni preocupación por el futuro de su familia en caso de que esta no recibiera su dinero, ni por la muerte de Hank, ni por el sufrimiento de Jesse, ni por tantas y tantas vidas destruidas por sus caprichos de jugar a ser gangster. Sino todo lo contrario, felicidad, satisfacción, amor por lo que le ha hecho ser recordado. De sus ojos brotan lágrimas, acaricia el tanque plateado como si de Holly se tratase, con respeto y cariño, seguramente porque es siente una admiración recíproca en él. Él y su ciencia siempre han tenido una historia íntima, que solo comprendían ellos, y los últimos planos de la serie están dedicados a esa historia. Por lo tanto, si no hay arrepentimiento, ni malestar, ni remordimientos, sino tranquilidad, orgullo por lo que ha hecho y gestos cariñosos hacia su laboratorio…dónde está esa maldita redención? No existe más que en la mente de quien guarda mala conciencia por disfrutar de una serie donde al final gana el villano, a pesar de todo y de todos. Porque es así, en Breaking Bad gana el malo de la función, que siempre ha sido Walter White, por mucho Gus Fring o Tío Salamanca que haya. Algunos no pueden soportar que el mal no sea castigado de forma tajante. Porque si, él ha sido castigado pero no porque muera (lo iba a hacer de todos modos) sino porque su familia ha quedado para el arrastre. Pero, repito, sus últimos minutos en la tierra son de una tranquilidad total consigo mismo porque ha demostrado, tanto a él, Heisenberg y a quien quiera escucharle, que es el mejor, que nadie ha podido vencerle. Así pues, la oscuridad ha ganado, por lo que el final no puede ser más desalentador. Como dije en mi último análisis, no hay que olvidar que una serie tiene un final feliz cuando triunfa el bien de alguna forma, pero en Breaking Bad no es así, puesto que todo queda patas arriba, con la muerte del guardian de Albuquerque (Hank) como prueba de la ineficacia de la D.E.A. como grupo, ya que en ningún momento se acercan a Heisenberg salvo en su muerte, cuando ya no importa. El bien fracasa y el mal triunfa. El problema está cuando se quiere distinguir entre protagonista y villano. Al estar en este caso representado en el mismo personaje, muchos no saben si catalogar al protagonista como héroe o como diablo. Es un diablo que ha ejercido el camino del héroe, usando sus mismas armas para realizar el más absoluto de los males. ¿Alguien sigue pensando en un Happy End?

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Es en la última tanda de episodios cuando hemos podido ver la verdadera cara de muchos de los protagonistas de la función. Se suele decir que no se conoce a alguien hasta que no ha pasado una situación de emergencia con él/ella, donde los nervios nos hacen reaccionar de forma impulsiva y, en la mayoría de casos, nos permiten mostrarnos como somos en realidad. Y en Breaking Bad eso ha provocado alguna sorpresa pero también confirmaciones de patrones de comportamiento.

  • Hank ha sido fiel a sus ideales hasta el final (literalmente…), exponiendo claramente que su dedicación a la justicia es algo más que un trabajo. Para ello ha tenido que suprimir parcialmente su aureola de honestidad, que desapareció momentáneamente cuando estuvo dispuesto a sacrificar a Jesse en pos de una recompensa mayor. Cierto que la finalidad siempre ha sido el forzado cumplimiento de la ley, pero los métodos se han endurecido producto de la agónica situación. Su muerte habla por él mismo.
  • Su esposa Marie también ha sido una perseguidora letal de Walt y Skyler en su carrera criminal, con la diferencia de que en ella predominaba con fuerza el componente sentimental y familiar. La traición de su propia hermana y, en menor medida, de su cuñado, le había provocado dolores inimaginables (todos relacionados con la salud de Hank) y no estaba dispuesta a perdonar ni olvidar el asunto por la familia. Llego a proponerle a Walt el suicidio e incluso buscó venenos irrastreables por internet para llevar a cabo tal propósito. Finalmente, se muestra que es un personaje bondadoso con quien ama, ya que propone a Skyler que testifique contra Walt cuando cree que Hank lo tiene arrestado. Personaje ladrador pero poco mordedor que ha experimentado una gran evolución hacia el final de la serie debido al planeado enfrentamiento White/Schrader, aunque previamente sus subtramas fueran algo cargantes, como ella misma.
  • Skyler se ha movido por un mar de contradicciones durante toda la serie. Eso es precisamente lo que le ha convertido en un personaje tan redondo (el odio de gran parte del público por tirarse a Ted y querer frenar a su marido criminal es muy injustificado a nivel de guión) y, sobre todo, tan humano. Skyler parecía ser una mujer de convicciones fuertes, la que lleva los pantalones en casa y ha abanderado por momentos la cuota íntegra del show. No obstante, su punto débil siempre han sido sus hijos y eso le ha terminado arrastrando por el mismo sendero farragoso que Walt recorrió antes, en una repetición de situaciones y errores cometidos por su marido (ejemplificados con planos idénticos). Ansiaba mantener la unidad familiar por encima de todo, siempre guardó la esperanza de que Walt consiguiera salir del negocio de la droga y el asunto se olvidara. Lo increíble no es que pudiera seguir vinculada sentimentalmente a Walt por sus hijos, sino que fuera capaz y estuviera dispuesta (de hecho lo hizo al final de la primera parte de la quinta temporada) a perdonar a Walt asesinatos, robos y su implicación en el tráfico de drogas. Es decir, quien en su momento llevó a las espaldas la brújula moral del relato, acaba tan podrida como el protagonista, sugiriendo asesinatos (Jesse) y haciendo la vista gorda ante la creciente ola de crímenes de Walt porque, admitámoslo, se vive muy bien administrando un negocio y sin penurias económicas. Personaje laberíntico psicológicamente y de los que debe haber sido un gusto interpretar.
  • Por su parte, Walt Jr ha sido una de las revelaciones de esta última temporada. Como dije antes, su papel era el de comodín narrativo para dar impulso o reforzar alguna trama con su presencia y, casi siempre, con su desconocimiento sobre lo que ocurría. Por fin le hemos visto con un verdadero poder de decisión, siendo él el que denuncia a su padre a las autoridades y el que le obliga al exilio de New Hampshire. Toma partido por su madre, esa a la que minutos antes había declarado tan culpable como su padre por hacer la vista gorda. Gilligan y cía jamás han mostrado el menor interés en desarrollar este personaje, ya que el cupo padre/hijo estaba pleno con Walt/Jesse, pero al menos hemos podido observarle tal como es de manera independiente. No tiene una sola escena individual, pero sus acciones han provocado otras que han resultado ser decisivas para la finalización de la historia, como el ya comentado exilio de Walt o la implicación en la trama de Gretchen y Elliott ante su negativa de quedarse con el dinero de la droga. Al igual que antes hicieran Skyler, Hank, Marie o Jesse, Walt Jr. también ha acabado deseando la muerte de Walter White.
  • Lydia ha aparecido menos que en la temporada anterior pero ha sido responsable directa de la eliminación de la banda de Declan, de la vuelta de los nazis a Albuquerque y ha sido la motivación principal de Todd, lo que indirectamente ha permitido a Jesse salir con vida (aunque bien pensado le terminó costando la vida a Andrea). Ha sido la destinataria de la ricina de forma previsible por su obsesión con la Stevia. Pero no por previsible se lo ha merecido menos, ya que es una asesina en potencia. Es cierto que todos esperábamos un receptor del veneno algo más importante o histórico, pero es otra muestra de la crueldad de la serie con los niños, ya que su muerte provocará otra huérfana más (y van…).
  • Todd ha pegado un salto cualitativo espectacular, dejando atrás su papel de asesino de niños para mostrarnos su verdadera cara, la de un sociópata sádico y educado. A estas alturas, era difícil que otro personaje nos conquistara de esta forma pero es justo reconocer que cada mirada o cada palabra amable salida de la boca del sobrino de Jack, producía auténtico pavor. Su respeto por Walt sigue intacto e incluso es el artífice de que este reciba un barril con once millones de dólares. Participo en la aniquilación de la banda de Declan, asesinó a Andrea a sangre fría solo para darle una lección a Jesse, mostró que hasta el más despreciable de los criminales puede amar y convirtió a Jesse en su esclavo particular, para morir, simbólicamente, a manos de este.
  • Saul ha seguido siendo el oxígeno cómico ante tanta tragedia. No obstante, sin dejar atrás nunca su condición de rata superviviente, es portador de buenos consejos hacia Walt e incluso Jesse, animándolos a irse todo lo lejos que puedan mientras aun haya tiempo. La historia le devora y acaba recurriendo al amigo Robert Forster para desaparecer. Afortunadamente (o no, según lo amigos de los spin-off que seáis) lo tendremos de vuelta en menos de un año con Better Call Saul, la precuela de Breaking Bad. Todos albergamos la esperanza de que Mike, Gus y algún otro conocido hagan su aparición, pero sobre todo, de que en algún momento se conecte con el final de la serie protagonizada por Bryan Cranston y podamos saber algo más de su destino (y si puede ser de otros personajes también, pues mejor).

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Todas las tramas se han cerrado consecuentemente y de manera magistral, sin apenas cabos sueltos que poder reclamar (ese Huell esperando aún en su casa…). Hank murió después de conseguir su objetivo de atrapar a Heisenberg, su archienemigo. Marie tendrá una tumba que visitar cada domingo, siendo este un detalle de gran significado en el mundo de los narcotraficantes mexicanos. Recientemente leía una entrevista a una víctima del Cártel que decía que una de las grandes victorias de los que han perdido seres queridos por estos grupos criminales no era encontrar justicia, sino encontrar los cuerpos de sus familiares para poder enterrarles y llorarles. La mayoría de las veces es una batalla perdida por la fiereza de las matanzas y por la magnitud del desierto donde terminan enterrados, por lo que Marie puede sentirse afortunada por encontrar lo que quede del gran Agente Schrader. Skyler, Walt Jr y Holly recibirán el dinero de Gretchen y Elliott (supuestamente) y la D.E.A. probablemente les deje tras encontrar el cadáver de Walt. Saul halla su retiro forzado en Nebraska, asumiendo que nadie le reconozca por sus famosos anuncios. Todd, Lydia y los nazis mueren, al igual que Walt. Y Jesse es libre para escapar a donde quiera, probablemente no con Brock (demasiado arriesgado estando en busca y captura) y sin nadie a su lado, pero al menos lejos de las torturas de Todd. Es un final cerrado, muy a lo Casablanca (Michael Curtiz, 1942) como dijo el propio Gilligan, o a lo Sweet Smell of Success (Alexander MacKendrick, 1957), su película favorita. Muy cerrado se quejan algunos (¿serán los mismos qué clamaron contra el maravilloso final abierto de The Sopranos?), previsible o demasiado calculado, según otros. Y es que Gilligan ha tenido muy en cuenta que el efecto Ozymandias era imposible de contrarrestar con otros dos episodios emocionalmente intensos y se ha decantado por ser fiel al espíritu de la serie. Es decir, calma, reflexión, introspección narrativa para entender por última vez las motivaciones de los personajes y, porque no decirlo, dejar imágenes icónicas para la historia. Es evidente que Gilligan se ha enamorado de su propia creación y se ha pasado por el forro el pretendido ajusticiamiento que se supone hay que proferir a los antihéroes, decantándose por crear otra imagen para el recuerdo en una última escena nostálgica y cariñosa.

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El propio Gilligan se sorprendía de que tanta gente haya acompañado (y justificado en muchos casos) los cada vez más sangrientos pasos de Walt, olvidando por el camino atroces crímenes. Pero es el guionista de The X-Files el culpable de este encariñamiento sin precedentes en la ficción televisiva, otorgándole una muerte plácida, un triunfo moral sobre el resto. Es alucinante leer cosas como que la serie se ha ablandado al final cuando ha habido absolutamente de todo y el capítulo 5×14:Ozymandias (el mejor capítulo de la historia de la televisión, según IMDB y otros medios) es la mejor producción audiovisual que se recuerda en años, basada en muerte, destrucción y tragedia griega. Los dos últimos episodios han sido dedicados, a lo The Wire (sus episodios finales siempre trataban sobre las consecuencias del anterior), al estudio de los efectos de ese fatídico momento y sus implicaciones psicológicas. No todo pueden ser tiros (aún así, los hay) ni diálogos para imprimir en camisetas. Breaking Bad es un western, con todo lo que ello conlleva. Tanto por sus duelos bajo el sol como por la importancia del desierto como personaje (y no Albuquerque, terreno bastante neutral en la serie), así como por el diálogo improvisado de las balas cuando menos se esperan. Breaking Bad acaba como empezó, con la base de un drama familiar muy oscuro cuyos niveles de peligrosidad y destrucción han ido creciendo a la par que nuestro protagonista se desarrollaba. Con homenajes e inspiraciones sacadas directamente del cine negro y el western, con una lógica interna muy bien definida que da pie a locuras aceptadas (Terminator Fring, oso rosa, M60 robotizada, etc) y, sobre todo, con unos personajes muy reales moviéndose por un mundo loco y por momentos irreal. Personas con comportamientos extremos debido a su ubicación permanente en el drama, sin apenas espacio para respirar. Va a ser muy difícil que volvamos a ver una combinación de estas características a este nivel. Ya hay apuestas para saber cual es la nueva Breaking Bad. Ya se hizo en su día con otras grandes, con resultados decepcionantes. Breaking Bad solo ha habido, hay y habrá una, y su mundo, su estilo, su evolución narrativa televisiva y sus creaciones visuales morirán con ella. Como Heisenberg. Como Walter White. Como Mr. Lambert. Como nosotros, que hemos muerto un poco por dentro desde que no tenemos cada semana a nuestro Johnny Cash asesino, a nuestro profesor de química que demostró que no hace falta ser un inmigrante ilegal cubano para levantar un imperio de la droga. Ser Tony Montana ayuda, pero ser Heisenberg es determinante.

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