Reseña: ‘Mi semana con Marilyn’ (2011)

Michelle Williams es Marilyn Monroe durante una semana y toda la eternidad tras este soberbio recital.

Ficha Técnica

Título: Mi semana con Marilyn
Título Original: My Week with Marilyn
Director: Simon Curtis
Guion: Adrian Hodges (Libro: Colin Clark)
Musica: Conrad Pope, Alexandre Desplat
Fotografia: Ben Smithard
Productora: BBC Films / Lipsync Productions / Trademark Films / UK Film Council / The Weinstein Company
Año/País: 2011 / Estados Unidos
Duración: 101 min.
Género: Drama | Biográfico. Años 50. Cine dentro del cine
Reparto: Michelle Williams, Eddie Redmayne, Kenneth Branagh, Emma Watson, Judi Dench, Dominic Cooper, Derek Jacobi, Julia Ormond, Toby Jones, Dougray Scott, Simon Russell Beale, Zoë Wanamaker, Geraldine Somerville
Web oficial: http://myweekwithmarilynmovie.com/
Enlace IMDB: http://www.imdb.com/title/tt1655420/
Puntuación IMDB: 7,4/10 6,515 Votos
Enlace Sensacine.com: http://www.sensacine.com/peliculas/pelicula-176326/
Puntuacion Sensacine.com: 2/5

Sinopsis

Año 1956. La joven actriz Marilyn Monroe (Michelle Williams) llega a Inglaterra para protagonizar con Sir Laurence Olivier (Kenneth Branagh) la película «El príncipe y la corista». Colin Clark (Eddie Redmayne), un joven de 23 años con buenos contactos, consigue un trabajo como ayudante de producción y es testigo del choque de egos y la tensa relación entre Olivier y Marilyn durante el rodaje. (FILMAFFINITY)

Crítica

Marilyn Monroe es uno de los grandes iconos del siglo XX. Ocupa un lugar privilegiado dentro de ese Olimpo de «mártires» (o candidatos a dicho estatus) que se ganaron el favor del pueblo gracias a un permeable carisma que trascendía más allá de sus cargos, ya fueran políticos o artísticos. Hablo de Gandhi, de Martin Luther King, del Ché Guevara, de Muhammad Alí, de Marlon Brando, de Frank Sinatra, gente así. Personalidades que se ganaron un hueco en nuestra frágil memoria: probablemente fueran los mejores en lo suyo; pero además, poseían cierto halo que atraía como un imán infalible. Muchos han sido los cronistas y biógrafos dispuestos a indagar en sus claroscuros, y todavía hoy interesan sus trapos sucios, su decadencia, la verdad que se escondía detrás del triunfo y la consecuente riqueza (casi siempre, sólo económica).

De Marilyn Monroe conocemos su incuestionable belleza y sex-appeal, nos han contado casi todo acerca de sus adicciones, su fobia a la soledad, sus inseguridades, sus conquistas amorosas. Ahí está la biografía a cuenta de la aseada pluma de Donald Spoto. También sabíamos –aunque desde hace poco tiempo- que se estaba preparando una especie de biopic que narraría uno de los apasionantes episodios de la vida de esta actriz (y cantante), exactamente aquél en el que coincidió con Laurence Olivier en el rodaje de El príncipe y la corista, una comedia romántica dirigida por el propio Olivier y que en 1957 reafirmó las cualidades apolíneas de Marilyn Monroe para convertir la mediocridad en algo único: al fin y al cabo, basta con verla en pantalla. El resto es secundario. Productores y ejecutivos sabían del filón de la eterna rubia y, por tanto, no dudaban a la hora de solicitar sus servicios. Y así lo muestra Mi semana con Marilyn, una película que nace con el precedente de un libro, el de Colin Clark, que cuenta cómo éste, con tan sólo 23 años, entró a trabajar en la citada producción de Laurence Olivier y conoció a la estrella de La tentación vive arriba y, posteriormente, Con faldas a lo loco.

No estamos ante el típico biopic que describe una vida de principio a fin. La cinta de Simon Curtis radiografía –con mejor o peor fortuna- un estado de ánimo que parece estar ahí desde siempre. O sea, desde que Marilyn era niña y descubrió que sus poderosas aptitudes en el escenario conquistaban a la clientela, y que tal vez ese don nublaría parcialmente una personalidad trágica y volátil. Por aquel entonces, en 1956, ella estaba casada con el dramaturgo Arthur Miller, aunque la relación había pasado sus mejores días y el escritor británico se había declarado incompetente para domar a la fiera. Hostigado por la situación, Miller decidió retirarse de su lado durante unos días, tiempo en el que Marilyn flirteó con el ayudante de dirección de Olivier, llamado Colin Clark. Y como resultado, éste se enamoró perdidamente, cayó rendido a su belleza como un pobre ante una obra de arte, víctima del síndrome de Stendhal. Aquí, la mujer con el lunar más sexy del celuloide, tiene la voz y el cuerpo de Michelle Williams, una actriz que últimamente se ha unido a proyectos aparentemente menores –véase Blue Valentine, donde interpreta a la mujer de Ryan Gosling- que requieren de un trabajo profundo, visceral, metódico pero sin fórmulas aparentes, que cuando lo ves en pantalla te lo crees, sufres, ríes y hasta lloras con la recreación de esa vida que no existe, que es pura invención con la que te identificas a distintos niveles.

Y en Mi semana con Marilyn está pletórica. Seduce, hipnotiza, enamora. Hace suyo el cadente susurro de Monroe, la sonrisa que se dibujaba en señal de travesura, de inocencia –más interrumpida que nunca- y falsa picardía. O esta es la mujer que nos enseñan, ya que a lo largo de todo el filme asisto a la consagración de un personaje de cristal de bohemia, depresivo y hermético ante el mundo que (no) la comprende. Asimismo, lo primero que sabemos de ella es que sufre una fuerte adicción a los barbitúricos, que lleva tras de sí la sombra de un vampiro, profesora del Método y profesional de la nadería que dice cuidarla. Como todos, por supuesto. Todos (y esto lo habrán oído miles de veces) querían ayudarla; pero llevaba la autodestrucción en el ADN. El buen camino, ya saben, por ahí querían (re)conducirla.

La cinta, cuya notable ambientación es merecedora de innumerables elogios, cuenta con un guión muy limitado que cumple con los esquemas de este tipo de producciones: si me dicen que es una miniserie de HBO, me lo creo. Sin embargo, a pesar de tan exquisita factura técnica, también percibo la enfática languidez del biopic. Un descenso que en lugar de inquietar, genera desinterés. Aún así, celebro escuchar la música de Conrad Pope y Alexander Desplat, y las escuetas frases de Toby Jones. Hay escenas que me gustan y otras que me aburren sobremanera. Se trata de una esas pelis que olvidas con facilidad, salvo por el soberbio recital de Michelle Williams.

Nota: 6/10

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